AFORISMOS DE UN PAÍS ÚLTIMO



La defensora del pueblo le cose el traje al verdugo del pueblo. 21f

Oigan bien: las guacamayas no les perdonarán tanta fiereza. 3marzo

Compraré un spray para descollar todas mis mentadas de madre. 3marzo

Los pobres que no se quejan son la materia prima de su omnipotencia. Los pobres con voz, son nadie; a esos hay que callarlos. 14marzo

¿Una orden judicial? exquisitez para la policía política. 20 marzo

"Fascistas los mataremos" oxímoron. Pared de la FAU-UCV. 20marzo

¡Sacarán la espada, pero nos dejarán la piedra! 21marzo

Y preguntó el creador: -¿el petróleo o la vida? Nosotros escogimos lo primero. 26 marzo

¿Cómo vivir con una herida abierta del tamaño de un país? 31marzo

Que no nos pidan que olvidemos. Toda esta galería de malos recuerdos será nuestra única pertenencia macerada. 6abril

EMPLEADA PÚBLICA





¿Cómo asumir la alegría por encargo?
volverme un mueble más,
un escritorio más,
un paraguas que se abre, que se cierra,
y que aguanta el chaparrón
en este ecosistema de oficina pública.

Mientras se emite el sorteo
de mi próxima cita ginecológica,
pienso en estos tiempos
en los que pude ser madre y no pude.
En los que  pude sembrar un huerto,
y lo que he hecho es ver pasar los días del calendario
coleccionando arrugas,
admirando el ascenso de los zamuros
hasta el piso 18 de esta torre inhabitable.

Soy empleada pública,
un salmón que nada a contra corriente.
(aunque a veces sea mejor coserse la boca).
Reviso estadísticas.        
Miro las postales de propaganda.
Se me abren las muñecas
de tanto borrar destinatarios.  
Se me secan los ojos revisando
las inofensivas peticiones del mundo
cuando nos somete a su orfandad.
Por eso dudo los cinco días de la semana. 
Aterrizo en los hormigueros.
Y sigo dudando.
Veo decolorarse mis zapatos
por el agua empozada de las calles del centro.
Escucho el ruido de los megáfonos,
padezco el estruendo de los altavoces 
Con sus remachadas consignas punzo penetrantes.

Hago rompecabezas
al ritmo de la melancolía burocrática.
Leo periódicos, descifro publicaciones digitales
que congelan mis espantos.
Pero soy llamada a conciencia por la voz
de la aseadora cuando  dice: 
-Se agradece no romper el equilibrio de las pulidoras, y agarre el canal de la derecha.
No violentar el sagrado deber
de pasar por el borde que conduce a la oficina.

De tanto repetir cada mediodía
el desfile frente al microondas,
se adhiere más en mí
la precaria condición de empleada pública.
El ascensor inteligente
el que se queda encerrado entre los pisos más altos,
puede dar fe de mí.

SOPLOS DE CARACAS




Un túnel de concreto por donde brotan hojas verdes
y que en agosto taladran las chicharras.

Un bucle meteorológico cada 6 meses.

Una ciudad en proceso,

construcción incompleta.

Un mapa que venden en la gasolinera

solo para turistas.

Un valle de gente,

mejor dicho: una sinfonía automotora

en 4 ruedas, en 2 ruedas,

alternando con atardeceres y papagayos.

Cada mañana un prócer nuevo,

una barajita identificando calles de una misma forma.

Son los soplos que nos deja Caracas.

Y no es suficiente verla con lentes de sol

para difuminar su habitar forzoso,

Sus orificios laxos.

Caracas es un “sertão” a media hora del mar Caribe,

una divinidad violenta y selvática. 

Agradecimientos

Un lugar sin límites, de Arturo Ripstein



(para Nicanor Parra) 

Demos las gracias 
en este domingo tropical lluvioso
al Cristo redentor del Chile austral

tan apartado de aquí.

¡Qué sería de nosotros 
sin tanta redención!

O tan poquita fe.



Severine, la de Buñuel

sí que la tenía,

si no, no se hubiera metido a meretriz.



¿Quién no ha sabido 
lo que es romperse el corazón?

Cuando se vuelve pesada 
la tinta en el papel,

una sandía de 3 kilos que alguien martilla

con el puño cerrado.



Soy barroca, 

acabé con los frutos de la estación,

fui  expulsada de la ciudad

por un autobús pintado con grafittis.


Ahora bien,
de los inventos que ha hecho el hombre

el más importante ha sido

la sagrada máquina de escribir,

lo dijo Allen Ginsberg, 
y se hizo Dios

El mismo  que con la piedra 

nos moldeó a todos; 

al individuo en su soliloquio,

y en su debido momento 
 

nos introdujo el alma,

la chispa del lenguaje

que no ha servido de mucho,

pero ha servido de algo.



Para conseguir el amor

-por mencionar lo más inocuo-
una seña
en este trópico lluvioso, 
 
Dios hizo de las suyas

y sigue haciéndolo.


Por eso, demos las gracias

porque no nos dio la nieve,

si no, esto sería un desastre

ya bastante tenemos con la lluvia,

cuando estrepitosa

inunda nuestro mundo de barajitas.


Gracias.

CINEMASCOPE



A la   mujer que se miraba en el río,
un ojo de la cara se le cayó.
La mujer corrió por la orilla y corrió, 
mientras que el ojo adentro  logró adquirir la forma de un remolino.
Se metió de cuerpo entero a ver, a medio ver; 
si con sus propias manos podía atrapar aquel ojo escapado de su cara.
La corriente la atrapó 
y el ojo inmenso se la tragó a ella 
de cuerpo entero,
y al otro ojo que le quedaba.

NO QUIERO SABER








No quiero saber de las mujeres muertas.
Saber de ellas es como morirme yo también.

En pedazos,
Por capítulos.

Es entender mi vulnerabilidad de pan y canela
 “Dame un besito y vete para la escuela”.

No quiero saber cómo funciona
la caricia de hierro del mundo.

Ni su procaz forma de desdibujarlas.
A fuerza de inútiles ordenanzas,
de una más inútil humanidad
o de la letra muerta de los libros sagrados,
o del ruido de las metralletas.

No quiero saber cómo empezó esta oración,
Ni del sufijo aquel de los demonios.
Ni mucho menos de toda declinación
con la letra A
que hiciera constelar
el resto de los días de la creación.

No quiero saber del conjuro de los héroes
ni de sus celebérrimos cojones.
Ni de las banderas convertidas en cobijas

Nada de eso sirve.

Si algo poderoso marchita a una mujer
arrebatándole la vida,
que no sea ya el mantel bordado
arrojado luego sobre todas nosotras.
Dejándonos este paisaje,
este campo de maíz en Black and White

UNA MISIÓN INSIGNE





Deshilachemos el verbo transitivo, vamos a juntar bellotas y ciruelas
en lugar de estar echando humo sin consentir la atmósfera;
vamos a quitarnos la ropa de civil,
a dejar de ser volcanes en estado de latencia
para asumir esto que no tiene nombre:
los perfumes paralizantes, los robos hechos a conciencia,
la punta de los dedos en un taxi roto.
Vamos a quitarnos esta anemia espacial
para ir creando la tierra que nos sostendrá,
después de propiciar el agua que nos vacía.
¿Para qué tantas vísceras?
Hay que conformarse con ponerlas en el cajón,
junto al verbo,
cerrarlo y mandarlo a los abismos aéreos
con todo y la insigne mesita.

Poeta ociosa






Aquí estoy en mi lavamanos
en el que casi entra 
mi fantasía de gata peluda
y desbordada.
Soy la dueña del ocio universal
de todos los gatos y los hombres, 
sobre todo de aquellos que se dicen poetas
santificados sean sus nombres.

Tuve suerte felina para crear mi propio reino,
nacer con esta pereza atesorada;
este espacio divino para adueñarme del tiempo
y sobre todo, tuve suerte de no nacer poeta. 

No me imagino por ahí 
llenando los huecos de palabras
o imaginando un mundo paralelo
para no aturdirme
entre gente y gente, cosa inútil.

Mejor una certeza de sofá mullido y lavamanos
que esa presencia intermitente 
y sísmica. 

Mi cosmos es el sueño, no la escritura.
 

Toronjas


Hablemos del destiempo
Mastiquemos la pata de cordero.
Total, se nos antoja de todo en este estado
En el que los tréboles
Se nos salen del ombligo.

Colgadas del árbol predecimos la función que está a punto de empezar.
Colgando de las ramas como cuelgan todos los hechos
Sin superficie alguna.

Como simples toronjas a merced
Del sol y la intemperie.

Iola Mares (2006)
“Si escribiera poesía como la de Pasternak, no me habría hecho cineasta”
    - Andrei Tarkovski

SOY VERTICAL



Pero preferiría ser horizontal.
No soy un árbol con las raíces en la tierra,
absorbiendo minerales y amor maternal
para que cada marzo florezcan las hojas, 
ni soy la belleza del jardín
de llamativos colores que atrae exclamaciones 
                                                          de admiración
ignorando que pronto perderá sus pétalos. 
Comparado conmigo, un árbol es inmortal
y una flor aunque no tan alta, es más llamativa, 
y quiero la longevidad de uno y la valentía de la otra. 

Esta noche, bajo la luz infinitesimal de las estrellas, 
los árboles y las flores han derramado sus olores         frescos. 
Camino entre ellos, pero no se dan cuenta. 
A veces pienso que cuando estoy durmiendo 
me debo parecer a ellos a la perfección,
oscurecidos ya los pensamientos. 
Para mí es más natural estar tendida. 
Es entonces cuando el cielo y yo conversamos 
con  libertad, 
y así seré útil cuando al fin me tienda:
entonces los árboles podrán tocarme por una vez, y las flores tendrán tiempo para mí.

Silvia Plath
(de Cruzando el agua)

Testamento (Miyó Vestrini)




Te preguntan,
¿a quién dejarás tus cosas cuando mueras?
Entonces miré mi casa y sus objetos.
no había nada que repartir,
salvo mi olor a rancio.
Y la rata.
Ésa que permaneció hostil y silenciosa,
esperando que ocurriera.
Inútil darle de comer
y suavizar su cama con jabón azul.
La esperé cada noche,
ansiosa de ver cómo sus largos bigotes
dejarán de esconder los dientes puntiagudos y depredadores.
Allí estuvo,
mirada astuta
y silencio de esfinge,
esperando que mi sangre corriera.
Vana espera.
La muerte llegó de adentro
por primera vez, calmada y definitiva.
Escribí en la pared su nombre,
para que el último golpe de sol,
a eso de las diez de la mañana,
pusiera sombra en mi testamento:
“La rata no permitió que viera la primavera”.
Después de muerta
hice la lista.
Una cena en el mejor restaurante
para Ángeles y Carlos.
Mis libros, mis inéditos guiones para José Ignacio.
Mis sueños para Ibsen.
Mi tarjeta Abra para Ybis.
Mi carro para Alberto.
Mi cama matrimonial para Mario.
Mi memoria para Salvador.
Mi soledad para la Negra.
Mis discos de Ismael Rivera para la Negra.
Mis poemas titulados “Granada en la boca” para la Negra.
Mi dolor de adolescente y madre, para Pedro.
Mis cenizas, para Ernesto.
Mi risa para Marina.
La noche anterior,
le había dicho a Ángeles y a Carlos,
si no puedo dormir,
escogeré la muerte.
El pernil de cordero estaba tan sabroso
que no me hicieron mucho caso.
Recuerdo que en una esquina de Chacao,
ella me abrazó y le dije,
el próximo viernes los invito yo.
Su cabello corto
y su felicidad por habérselo cortado,
me hizo entender que no era yo la apaciguada madre de Carlos.
Apoyé mi mejilla sobre su hombro.
Fue algo de segundos,
pero sentí que con la tijera sobre su melena,
algo se había ido.
Algo que no llevaba su nombre,
rondaba ahora las noches de insomnios y alcohol
en el barrio de la familia.
Morirse deliberadamente,
requiere de tiempo y paciencia.
Evocas la muerte gratuita de un hijo,
cosa que a ti nunca te sucedió.
La pérdida de objetos
y el silencio de una casa devastada,
tampoco te sucedió.
El dedo feroz de un enemigo señalándote
como un ser despiadado.
Pasa pero no es mortal.
Dos partos,
diez abortos
y ningún orgasmo.
Una buena razón.
El silencio de tu compañero cuando le preguntas,
¿por qué ya no me quieres?
¿Qué hice?
¿En qué fallé?
Y luego el recorrido por aquellos espacios silenciosos
y vacíos,
con tu presencia encorvada,
torpe.
Constatas que no hay jabón para lavar
ni favor para planchar
y a lo mejor
esas naranjas están podridas
Entonces recuerdas
una terraza a las siete de la mañana,
sobre el mar,
y alguien diciéndote,
le tengo miedo a las alturas
pero te amo.
Y luego,
el regreso a la ciudad
y la mazacumba de un hombre desnudo y alegre.
Piensas de nuevo en lo deliberado.
No es azar.
No es venganza.
Es tu mano
de palma sudada,
tocando su muslo.
Remontando un poco más
y recordando el desasosiego de tu compañero,
por la penumbra maloliente
de tu placer.
Siembre hay un antes
antes de morir.
Antes,
Quiero comerme unos tortellinis a la crema.
O tomarme un trago de Tanqueray.
O que me abracen con manos fuertes.
O, como dice, Caupolicpan,
que me pongan en presencia de Maiquetía,
la ciudad más hermosa de este país.
La deliberación entorpece la muerte.
Nadie,
que yo conozca
ha deliberado sobre su desaparición.

(Vestrini en: Díaz, 2008:96-100).

Extraído de:
Cuerpo tocado por la lengua/(La voz ruda de Miyo Vestrini)
 Gina Saraceni /USB Caracas