Un túnel de concreto por donde brotan hojas verdes
y que en agosto taladran las chicharras.
Un bucle meteorológico cada 6 meses.
Una ciudad en proceso,
construcción incompleta.
Un mapa que venden en la gasolinera
solo para turistas.
Un valle de gente,
mejor dicho: una sinfonía automotora
en 4 ruedas, en 2 ruedas,
alternando con atardeceres y papagayos.
Cada mañana un prócer nuevo,
una barajita identificando calles de una misma
forma.
Son los soplos que nos deja Caracas.
Y no es suficiente verla con lentes de sol
para difuminar su habitar forzoso,
Sus orificios laxos.
Caracas es un “sertão” a media hora del mar
Caribe,
una
divinidad violenta y selvática.
