Deshilachemos el verbo
transitivo, vamos a juntar bellotas y ciruelas
en lugar de estar echando
humo sin consentir la atmósfera;
vamos a quitarnos la ropa
de civil,
a dejar de ser volcanes
en estado de latencia
para asumir esto que no
tiene nombre:
los perfumes
paralizantes, los robos hechos a conciencia,
la punta de los dedos en
un taxi roto.
Vamos a quitarnos esta
anemia espacial
para ir creando la tierra
que nos sostendrá,
después de propiciar el
agua que nos vacía.
¿Para qué tantas
vísceras?
Hay que conformarse con
ponerlas en el cajón,
junto al verbo,
cerrarlo y mandarlo a los
abismos aéreos
con todo y la
insigne mesita.