¿Cómo asumir la alegría por encargo?
volverme un mueble más,
un escritorio más,
un paraguas que se abre, que se cierra,
y que aguanta el chaparrón
en este ecosistema de oficina pública.
Mientras se emite el sorteo
de mi próxima cita ginecológica,
pienso en estos tiempos
en los que pude ser madre y no pude.
En los que pude sembrar un huerto,
y lo que he hecho es ver pasar los días del
calendario
coleccionando arrugas,
admirando el ascenso de los zamuros
hasta el piso 18 de esta torre inhabitable.
Soy empleada pública,
un salmón que nada a contra corriente.
(aunque a veces sea mejor coserse la boca).
Reviso estadísticas.
Miro las postales de propaganda.
Se me abren las muñecas
de tanto borrar destinatarios.
Se me secan los ojos revisando
las inofensivas peticiones del mundo
cuando nos somete a su orfandad.
Por eso dudo los cinco días de la semana.
Aterrizo en los hormigueros.
Y sigo dudando.
Veo decolorarse mis zapatos
por el agua empozada de las calles del centro.
Escucho el ruido de los megáfonos,
padezco el estruendo de los altavoces
Con sus remachadas consignas punzo penetrantes.
Hago rompecabezas
al ritmo de la melancolía burocrática.
Leo periódicos, descifro publicaciones digitales
que congelan mis espantos.
Pero soy llamada a conciencia por la voz
de la aseadora cuando dice:
-Se agradece no romper el equilibrio de las
pulidoras, y agarre el canal de la derecha.
No violentar el sagrado deber
de pasar por el borde que conduce a la oficina.
De tanto repetir cada mediodía
el desfile frente al microondas,
se adhiere más en mí
la precaria condición de empleada pública.
El ascensor inteligente
el que se queda encerrado entre los pisos más altos,
puede dar fe de mí.
