Defensa de mi poesía - (fragmento) Hanni Ossot



La experiencia límite, la del proceso creador, he dicho, es la del estado de escucha. "El poeta recibe las voces del alma" y el misterio, lo impreciso, adquieren fisionomía. El proceso creador
"surge de una suerte de maceración", de un tiempo propicio, aventurado, a veces azaroso. El poeta tiene que escuchar.
Y aquí surge otra de mis reflexiones sobre la poesía, esta vez referida a lo que el poeta escucha, a la palabra. La palabra es el ritmo, música, canto. Y las imágenes nos llegan con su propio ritmo. "El poeta, entonces tiene que descender desde las alturas diurnas de la conciencia a esa zona mediana y crepuscular".Allí se deleitará con el festín que los dioses le han otorgado. Porque el poeta, no lo dudemos, es un tocado por los dioses. Pero también es un ser en peligro de sucumbir. Por ello, la poesía es la práctica de un ritual, es la letanía que puede salvar al poeta. La poesía es riesgo puesto que es alma. Todo en la poesía es aparentemente inconcluso, provisional, equívoco y sombrío.
Yo soy un ser errático y por lo mismo mi relación con la poesía ha sido erótica. Literatura y erotismo son un tiempo otorgado a la seducción. Lo importante, ya lo he escrito, no es terminar un libro, sino vivirlo, pulsarlo. El tiempo empleado en su elaboración, las caricias, la lentitud de las correcciones, la vibración en su relectura, constituyen la máxima expresión del eros. El hombre sueña desde el centro de la pasión, y el poeta sabe retardar la llegada a un centro de concentración y consumación. La literatura es cuerpo, carnalidad vuelta alma y espíritu.
¿Qué amamos los poetas?
Amamos la playa, la literatura, el propio amor, la casa, la universidad, los amigos. Nuestro diálogo silencioso, pero no por ello menos efervescente. Lo otro se apresta para ser nuestro enemigo. Y esta oposición se resuelve en acto amoroso. "Se trata de una epopeya en donde el desencuentro está a la orden del día y en donde lo luminoso es casi un hallazgo". A veces surge un guiño de ojos y aparece en nosotros lo que Pavese llamó "estado de gracia", o "esa segunda vez", por la que reconocemos que el objeto de amor se corresponde con aquello que idealizamos. Desde esa genealogía, el poeta se hace matriz y genera símbolos para su construcción o para, por qué no decirlo, su destrucción. Y entonces surge la pregunta de Rilke ¿no es el tiempo ya de quien ama, en este caso, el poeta, se libere y, vibrando como flecha, resista la cuerda, para ser en el impulso de su salto más que ella misma?
A ello he querido agregar la palabra: paciencia, la larga paciencia. Pues no siempre se puede saltar y el corazón, precario, lleno de estrías, sacrificado de acongoja. "Tenso. En llanto, por amor, desde la espera. Tejiendo una rara y secreta fidelidad".
Poesía y muerte se conciernen. Ese saber instalarse frente a lo raro del existir es propio del poeta. Porque encima de la existencia está la muerte: Lo que nos separa. Y el poeta ha aprendido de ella y le otorga su voz. Con filigranas teje su propio sudario y el sudario de los hombres, que no es otra cosa que la pasión por la vida, lo incomprensible.
Sin embargo, es necesario enfatizarlo, yo no creo en la separación de la muerte. El olor del tabaco de mi abuelo, las manos de mi padre, un traje de gasas, con ellos construyo mis poemas. Llevo raras lentejuelas apegadas en la piel. Ellas cantan de melancolía. La muerte, para mí es quizás un himno.
Hablemos ahora del charco. Virginia Woolf supo que en las fronteras de la literatura y el arte, siempre hubo un charco. Todo escritor alberga en sí un pantano. Lo deforme, lo cruel, lo podrido, el desequilibrio, se tejen y se mezclan entre nuestras más finas bondades. No obstante, nuestro empeño como occidentales ha sido el destruir a la serpiente de Pitón, fija en nuestra alma. En el charco está la serpiente de Pitón, esa que venció el curador Apolo.
Termino con un poema:

Uno debe rezar
en secreto

En cualquier parte

Uno debe rezar
sin Dios, con dioses con el desamparo

Uno debe repetir la letanía que extirpa el horror

Uno debe...
con la papila abierta

Publicado en El Diario de Caracas. 31 de Octubre de 1993